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TEXTO
DE CONTRATAPA:
La
suerte es cosa peculiar: una energía amorfa y atrayente
que nos sigue por todas partes como una sombra, adherida pero
invisible. Hoy aquí, mañana ausente, es tan
dramatica como el sobresalto de una descarga eléctrica.
Sin duda, algunas personas tienen una parte mayor del pastel
de la suerte que otras. ¿Pero podemos acrecentar nuestra
propia porción? ¿Existe realmente la buena suerte
del principiante? ¿La suerte es limitada, y en tal
caso, se acaba finalmente nuestro cupo de buena suerte? Si
la suerte es agua que corre, ¿es posible engatusarla,
influir en ella, interrumpirla, coaccionarla inclusive, siguiendo
rituales antiquísimos? ¿Es posible evitar la
desgracia y someter la suerte a nuestros más fervientes
sueños? ¿Hay una relación entre nuestro
estado psicológico y el modo en que se desenvuelven
las cosas? ¿Hay acaso, como escribió William
Shakespeare "una marea en los asuntos de los hombres
que, tomada en la creciente, lleva hasta la fortuna"?
Es
posible que ya no veneremos a dioses o diosas de la buena
suerte, pero en lo más hondo, muchos de nosotros estamos
convencidos de que la suerte es una fuerza externa real. Mientras
simulamos estar por encima de todo eso, seguimos siendo esclavos
de la superstición.
Guardamos
amuletos para protegernos de las cuitas y talismanes para
atraer el éxito. Evitamos pasar por debajo de las escaleras
y abrir paraguas bajo techo. Para impedir que el diablo se
apodere de un alma momentáneamente vulnerable, decimos
"Salud" (Salvación) cuando alguien estornuda.
Evitamos el número 13 como a la peste,. Cuando jugamos
(naipes, dados, etc.) buscamos un lugar que dé suerte
y luego jugamos siguiendo corazonadas. Pedimos deseos a las
estrellas fugaces, tocamos madera y cruzamos los dedos para
tener suerte.
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