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TEXTO
DE CONTRATAPA:
Jim
G. Ballard fue aquel niño que en El imperio del
sol -el film que Spielberg hiciera a partir de su novela
autobiográfica- sobrevivía a la brutal desolación
en que lo había arrojado la guerra, arrancándolo
de una infancia idílica.
Atraído
por la ciencia fición, que en su momento parecía
ofrecerle una libertad a la medida de su poderosa imaginación,
fue el menor de una vanguardia que acabó por dejarlo
solo. Pasó por la guerra, para desembocar en el surrealismo
o en algo que podría ser un "realismo mágico"
británico, personal e inimitable.
Tácitamente
marginado por la crítica, que lo ignoró como
correspondía a un escritor "genérico",
tuvo la genialidad (o desgracia) de anticiparse a las modas
en varias décadas. Fue posmoderno antes de que a nadie
se le ocurriera; dudó de los viajes espaciales cuando
todos soñaban con la nueva frontera; dió por
terminada la historia cuando Fukuyama ingresaba a la Rand;
renegó del futuro antes de que aparecieran los primeros
mohicanos del asfalto; quiso explorar el "espacio interior"
treinta años antes de que la meditación y el
esoterismoinvadieran los supermercados de la cultura.
Recién
ahora, cuando la historia parece haberlo alcanzado, este profeta
involuntario que se entendía con Borges, narrador estático
y testigo impasible, llega a su momento de mayor actualidad.
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